lunes, 20 de junio de 2016

Más se perdió en Filipinas


Más se perdió en Filipinas



"Cada vez que pasó por Manila sucumbo a la tentación un poco masoquista de visitar el museo Rizal en Intramuros.
Allí en la vieja ciudad amurallada - en lo que queda de ella en realidad - se respira una paz que el viajero no encuentra en la esquizofrénica Manila .Ese masoquismo esa autoflagelación son también tentación es muy Filipinas.

Ellos sufren porque les matamos a su caudillo Rizal y nosotros nos torturamos porque un capitán general sin escrúpulos, recién llegado mal aconsejado y equivocado de medio a medio envío ante el pelotón de fusilamiento a un hombre bueno. Es una carga de la que nunca podremos librarnos.

El general Polavieja convirtió en martir a Rizal sus estatuas, retratos monumentos pueden verse hoy en los más perdidos rincones de las islas. La Iglesia, la Sallera y la estatua de Rizal. Era otra España, acosada en Manila, frailuna, asustada, temerosa de la insurrección en las colonias y, lo que es peor en la metrópoli; sacudida por carlistas, cantonalistas anarquistas, curas trabucaires, revolucionario de toda laya.

Por su parte Rizal pedía bien poco. Era un patriota hispano-filipino basta leer su Último adiós, esculpido en bronce en el monumento de Luneta, que se encuentra a pocos metros de donde fue fusilado.



"La revolución filipina (escribió León María Guerrero) nació en España, viejo campo de batalla por las mismas ideas"

El paseo, uno más por el Museo de Rizal, refresca la memoria sobre lo que ocurrió en 1896 con aquel hombre de aspecto severo, polemista, que vestía de negro curaba a pobres y ricos escribía novelas anticlericales un Homo Universalis de los trópicos.

Cruzas Manila. Huela a neumático y a gasolina mal quemada, a desperdicios. 
Los turistas japoneses se protegen la boca con sus pañuelos porque aquí se masca la contaminación, mezclada con la humedad. Los golfistas madrugan para darle a la bolita junto a las fortificaciones españolas. También las beatas madrugan para tomar posiciones en la Catedral.




Fragmento del Prólogo de Manuel Leguineche para "Noli Me Tangere" de José Rizal



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