lunes, 18 de abril de 2016

Viaje gastronómico


Post ganador de los #PremiosconB 2017 en la categoría "Grandes Viajes"
4º Aniversario de la Barcelona Travel bloggers





Un viaje gastronómico... 



Sacó las almendras y las puso en un plato, su textura y color eran el mármol blanco suave y frio de sus paredes. Desnudó la cebolla, dejando al descubierto la grandiosa cúpula que la preside, la puso en la tabla y comenzó a cortarla. Las lágrimas caían por su rostro, como las de Sha Jahan al perderla.

La mantequilla se fundía en la cazuela, como lo hacía el oro de sus ornamentos robados por los saqueadores; rehogó la cebolla hasta que quedó transparente, incorporó el arroz y agregó el caldo, añadió una cucharadita de curry en polvo, para desinflamar el dolor del alma; y catorce pasas, aquel número fatídico que le causó la muerte. Lo coció a fuego medio, hasta que quedó seco y esponjoso y le añadió las lágrimas de mármol blanco. Allí estaba, en un plato de loza, el mausoleo de Mumtaz Mahal.


Nos hemos reunido aquí, en esta Iglesia los familiares y amigos de Bartolomé para ofrecerle una despedida cristiana.


Cogió aquella sartén grande y redonda como el Maracaná, regó el césped del estadio con dos cucharadas de aceite; saltó al campo el Flamingo, de rojo, y pocos segundos después el Vasco da Gama, con sus líneas blancas en la camiseta. Los trozos de chorizo y costillas de cerdo se cocinaban con la ayuda del árbitro, aquella cuchara de madera.

Se dispuso a trocear el pimiento morrón, cuyo color invade la bandera nacional, los tomates temblaban como los cuerpos en carnaval, de poco les sirvió, corrieron la misma suerte que el primero, los agregó a la sartén junto a la cebolla picada, rehogó durante unos minutos y añadió el arroz; el publico invadió el césped del estadio una vez finalizado el partido. Ahora sólo faltaba esperar a que se consumiera el agua.
El arroz de Carreteiro ya estaba listo.


 Te damos gracias Señor, por esta persona que nos fue tan querida y hoy nos ha sido arrancada de nuestras vidas, dijo el párroco a modo de formulario.


Se puso sus mejores galas, aquella noche era especial, sacó la sartén para las grandes ocasiones, era su primera ópera. Cortó las cebolletas y los ajos en pequeños trozos y los puso a freír, abrió la botella de Marsala blanco y vertió un poco al sofrito, añadió el arroz con unas hebras de azafrán y dejó que se hiciera al son de "Come notte a sol fulgente" y poco a poco fue añadiendo el agua. Nabucco entró con la espada en la mano; sólo faltaban el parmesano y la mantequilla, lo removió todo, sirvió el plato a la mesa, la Scala al completo se puso en pie aplaudiendo con todas sus fuerzas, por alguna razón el Risotto a la Milanesa era uno de los platos favoritos de Giuseppe Verdi.


La hermana de Bartolomé se enjugó las lágrimas, se levantó, subió al altar, se acercó al púlpito, y comenzó la Lectura. Hacía tiempo que no había tenido contacto con su hermano, ella vivía fuera y él nunca había ido a visitarla, se sentía como una extraña en aquel lugar.


Llenó medio vaso de aceite, aquel Nilo dorado corría por la sartén, sofrió el arroz, lo sacó y lo escurrió, dejando libre el río de aceite para los hígados y las mollejas de ave, retirándolas más tarde y pasando a dorarse en su lugar las pasas, almendras y piñones, que tanto gustaban al joven faraón. El dios Bennu con sus plumas de oro estaba presente en todo el proceso, protegía a los difuntos y les aseguraba una reencarnación en el más allá. Su caldo ya hervía, los granos de arroz caían en él cual cascada, comenzó a remar por sus aguas con la cuchara de madera. El río se estaba secando, el arroz ya había consumido todo el caldo, el material para construir la gran pirámide estaba listo, lo dispuso en la meseta de Giza y como colofón a tal maravilla, lo cubrió con las mollejas y los frutos secos.


Llegó el turno del Salmo, todos los presentes lo repetían sin escuchar siquiera sus propias palabras, que la caja de madera de nuez estuviera abierta, con la presencia de aquel cuasi ermitaño, les imponía.



El pollo se estaba dorando mientras la voz melancólica de Amália Rodrigues salía de aquel viejo tocadiscos, añadió sal; una pizca de ruta de las especias: pimienta, clavos y laurel, aquello representaba el poco honor que le quedaba, parecía que estar sólo era su destino. Lo regó con vino y lo coció a fuego lento, dio un sorbo a su copa de Oporto, aquel fado que tanto le recordaba a ella seguía sonando. Mientras, en la sartén se sofreían la cebolla y el ajo, junto con el pimiento y el tomate, suerte que aun corría aquel color por sus venas, incorporó el pollo al sofrito bajo la atenta mirada del Gallo de Barcelos, esta vez no cantó, no era inocente; agregó el arroz, lo puso en un recipiente, lo tapó y lo metió en el horno, aquél era el arroz de Cabidela más doloroso que había cocinado jamás.


El cura, después de leídas las lecturas y el Evangelio quiso dedicar unas palabras al difunto allí presente, al que tampoco conocía demasiado, ya que corría el rumor por el pueblo de que era un hombre solitario, casi un ogro y pocos eran los que lo veían salir de casa. Y procedió a bendecir el pan...


Toda la mesa de la cocina estaba llena de harina, le encantaba pasar la mano por aquella textura suave y fina, le relajaba, le parecía un milagro que aquella masa densa pudiera llegar a convertirse en una esponja blanca, el aroma que desprendía el pan llegaba a todos las rincones de la casa. Era un momento de comunión con la naturaleza, con aquellos campos de trigo heredados de sus padres.


...y el vino.

Aquel rojo rubí profundo, como el vestido que ella llevaba el día que se conocieron, su aroma a frutos maduros con pequeñas notas de tabaco, que tanto le gustaba fumar, café, como los granos que molía cada mañana y chocolate, puro placer. Una sola copa de Don Melchor de 1999 le recordaba tanto a ella, que sabía que tras beber un sólo sorbo ella lo invadiría todo otra vez.


El párroco procedió a rociar a Bartolomé y a los allí presentes con agua bendita, rogó a Dios que acogiera a aquel hombre en su Reino, pidió a todos que rezaran por aquel difunto que había carecido de todo contacto humano, que no conocía más mundo que su casa, ni más patria que el cerro donde estaba enclavada, tras lo cual cerró la caja, abrió las puertas de la iglesia y una suave lengua de viento otoñal entró en el templo y susurró a los presentes: "Eso creéis vosotros…"
















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